Una promesa
Nada
más rozarla, sentí que ese era el final.
Trémulo,
vacilante, con gran dificultad había conseguido llegar hasta ella. Me fallaban
las piernas, temblaban mis pasos y mi respiración, entrecortada por el
agotamiento, me impedía tomar plena consciencia de mis acciones. Apenas pude
inspirar una última bocanada de aire para conseguir la fuerza necesaria, dar un
paso ¾sólo
un paso más¾
y alcanzarla. Entonces alargué el brazo y la sentí: por fin la sentí. Fría,
tersa bajo mi mano.
En
cuanto su piel rozó la mía, supe que debía detenerlo.
Asustado,
inseguro, noté cómo su cuerpo cálido y exhausto se aproximaba; su alma, en
cambio, aún estaba lejos, en busca de respuestas. Quería hablarle y atenuar su
angustia, quería abrazar su incertidumbre y abrir sus ojos a la luz del mundo, quería
que contemplara los rayos de seda y el musgo de la historia; quería enseñarle a
ver, a escuchar. Me rozó, sí, me rozó, y, con un tenue susurro, alumbré el
recuerdo en su pecho.
El
tiempo parecía suspendido entre las sombras de los robles que flanqueaban mi
camino. Subía, subía, subía y como compañero sólo tenía al estío, que, entre el
ramaje, amenazaba con seguir abrasando mi rostro. Subía, subía. La cuesta
parecía no tener fin y mis muslos agarrotados me imploraban que me detuviera.
Pero no podía hacerlo, otra vez no. Sabía que todavía me quedaban muchos
kilómetros hasta Arzúa y necesitaba terminar esa jornada. Terminar, sí,
terminar por él. El agotamiento pesaba sobre mis hombros y la tristeza, lejos
de disiparse, arraigaba en mi interior, más y más honda con el paso de los
días. Le echaba de menos. Era él quien soñaba con esta aventura... era él quien
siempre había querido que camináramos juntos.
Sin
aliento, alcancé la cima y me detuve, sólo unos segundos, a coger resuello y a
hablarle, como solía; a decirle que estábamos muy cerca, que ya quedaba menos y
que, al llegar, le pondría a los pies de la imagen. Metí la mano en el bolsillo…
pero no estaba.
Era
imposible que no estuviera, así que seguí rebuscando, sin éxito. La esclava,
¡la esclava! Gélida, sentí cómo la angustia me desgarraba: había perdido su
esclava de plata. Había perdido mi promesa. Le había fallado. Caí de rodillas y,
con un hilo de voz, apenas pude alzar la mirada y decir: «perdóname,
papá».
Le vi
confuso, perdido, sin esperanza, y le pedí que recordara, que volara la imagen a
su corazón. El atardecer y el final de la etapa. Recuerda, recuerda. El sol
baña tus dudas y, después, se esconde perezoso bajo el manto de la tarde. Un
sendero grabado en lo profundo dibuja los rostros del encuentro afortunado. Que
la conversación cobije tu alma, que el tiempo se instale en la hondura.
Recuerda, sí, y sé parte del mundo.
Después
de descansar un rato, me dirigí a la sala común del albergue, que se encontraba
en un patio interior. Allí, un grupo de lo más variopinto cenaba y charlaba
bajo el cielo nocturno, compartiendo experiencias del viaje. Me senté lejos; no
me apetecía hablar con nadie aquella noche, y mucho menos escuchar las
edulcoradas aventuras de un puñado de soñadores. Mi decisión era firme: al día
siguiente volvería a casa. No tenía ningún sentido seguir sufriendo y continuar
el camino solo. Lo había comenzado por él, y, sin su recuerdo, ya no me
quedaban ganas ni fuerzas.
La
conversación me irritaba: todavía pensaban que formaban parte de algo más grande.
¡Ilusos! Yo no seguiría perdiendo mi tiempo, ya no. De sus voces me llegaban
apenas retazos cuando, de repente, alcancé a oír una historia mucho más
interesante. «No hay premio más bello para el peregrino que acariciarla». Escucha.
«Dicen que ella custodia el enigma del tiempo». Escucha.
Escucha el porqué que ondula entre susurros. «Si
logras llegar a ella, lo escuchas a Él». «Sólo
así todo lo demás merece la pena. Sólo así encuentras el verdadero sentido.
Sólo así puedes comprenderte».
Escucha.
Escucha a la voz que siempre está. No la mía, no: la que emerge de la sangre y anega
tus costuras. La voz que es en ti. Conoce la tierra de siglos hollada y el
claro peregrinar del latido. Aquí donde cientos de ojos te observan desde lo
alto, donde te acompaña la luz maestra y revelada; aquí, donde estás, es donde
empezarás a ser. Aquí es donde eres. Y él contigo. Y Él en ti. Comprende que el
tiempo no es ascuas ni plata ni noches. Conoce. Comienza. Abre los ojos.
Fría,
tersa bajo mi mano. La piedra del parteluz se entrelazaba con mis dedos, como
si me acariciaran siglos de refugio y consuelo y me envolviera la respuesta
entre las jambas. Me hablaba. La piedra me hablaba, o yo la oía. La rocé
suavemente con mis yemas…
¡Detente,
viajero! No eres el primero que abraza estos recodos, ni serás el último en
contemplar la luz que señorea entre los arcos. Alza la vista y observa: hiere
dorado a dorado, el sol peregrino al hogar del Santo, y alumbran ambos al alma
cansada. Detente y contempla el azul penitente invadiendo los vidrios, los
siglos cristalizando en una caricia. A través de tu piel, escucha al fraile que
quiso reafirmar su fe, a la joven que necesitaba comprenderse; escucha a la
viuda en busca de alivio y al anciano perseguir el indefectible fugarse de la
vida. El polvo ha sido su compañero en el viaje, ineluctable polvo de un tiempo
compartido. El polvo, sí, y la palabra. Hoy y siempre, sabréis que no habéis
caminado solos. Detente, peregrino, y escucha el rumor de la Historia...
… y abrí
los ojos. Apoyado sobre ella, sobre esa piedra testigo de tantas fatigas, baluarte
que quiebra de gloria la entrada, supe que no había hecho sino comenzar. Vi que
las huellas no quedan en el barro, que hacer Camino es impregnar el alma y que
el sendero se grabe en la sangre. Escuché su voz siempre viva: que él caminaba
conmigo, que siempre lo había hecho. Y con él, el mundo. Y conmigo, el cielo.
Nada más rozarla, comprendí que ese era el comienzo, y que nunca estaría solo.
Autora: Helena Terrados, Cadalso de los Vidrios.



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