LA POZA VERDE.
RELATO GANADOR DEL VI CONCURSO LITERARIO DE LA AACSCV.
Dicen que quien huele el aroma de un
bosque jamás lo olvida; que la esencia de los eucaliptos, los robles y los
pinos se impregna en su memoria y le acompaña, acurrucada en un rinconcito,
para socorrerle en los malos momentos; que el perfume del agua le llena el
corazón de alegría, y las fragancias de la tierra mojada y el musgo despejan su
mente.
Apenas entiendo qué significa todo eso, pero es lo que cuentan. Y lo hacen en un susurro, mientras el agua de la poza en la que vivo refresca sus pies cansados. Se sientan, mirando alrededor como si el mundo acabara de nacer; maravillados ante el esplendor de la Madre Naturaleza. Yo los observo sin comprender, ya que este es mi hogar y aquí todo me es familiar, hasta lo fantástico.
Supongo que os habrán hablado de trasnos,
donas y mouros. No obstante, dudo de que conozcáis a los mitagos. Los mitagos
nacimos de la mente de un ser humano y, desde entonces, formamos parte de la
vida. Somos habitantes del bosque creados a partir de una mezcla de olores,
recuerdos, alegrías, miedos; sueños y esfuerzo; de historias y de la magia que
éstas hacen brotar. De la mezcla de ese hechizo y de una de esas historias
surgí. Cuando desperté, advertí que era un día soleado, aunque la humedad
refrescaba el ambiente. El agua de la poza desprendía un suave aroma a flores, y
el sonido de la cascada se asemejaba a una carcajada infantil. Fue entonces
cuando los vi: un hombre y un niño descansaban sentados en una de las rocas. Noté
que algo especial me unía a ellos, aunque en aquel momento no supe qué era.
―¿De verdad nos protegen, papá?
―¡Claro! En este lugar hay seres
invisibles que nos ayudan a continuar. ¿Acaso no notas un olor diferente?
Entonces el chiquillo se levantó y
respiró despacio, saboreando cada inspiración.
―Este es un sitio muy especial. En
breve podremos oír el sonido del mar. Por este camino, el del Norte, pasan
muchas personas de lugares muy diferentes, y cada una deja alguno de sus
pensamientos colgado de las ramas de estos árboles.
―¿Dónde? No veo nada ―dijo el chiquillo
mirando con curiosidad a su alrededor.
―Los pensamientos no pueden verse, pero
se sienten. Estas ramas se llenan de la ilusión de quienes pasaron por aquí con
la esperanza de completar el Camino. De esas ramas brotan hojas que, al caer al
suelo, se mezclan con la tierra. Es así como nacen los seres especiales que
viven aquí.
―Y, ¿cómo son, papá?
―Pues, como tú quieras que sean. A ver,
dime, ¿cómo te los imaginas?
El crío desvió su mirada muy cerca de
donde yo estaba escondido. Instintivamente, me agaché, temiendo que me viera.
―Creo que son del tamaño de un helecho,
no mucho más. ¡Como ese de allí! ―exclamó indicando el matorral donde me
refugiaba― Son casi transparentes, para poder camuflarse bien. Su piel es
verdosa como el musgo de las piedras, y fría como la humedad que aquí respiramos.
En ese momento miré mis manos y, por
primera vez, me vi. ¡El niño tenía razón! ¡A través de mi cuerpo podía distinguir
el suelo! Mi piel era de un verde traslúcido parecido al del agua de la poza.
―Además ―prosiguió el crío―, caminan
sin hacerse oír, rozando el suelo. ¡Mira!
El chiquillo señaló la poza y, al
observarla, descubrí en ella a unos insectos de patas muy largas que caminaban
sobre ella sin hundirse.
―¿Como ellos? ―preguntó el hombre.
―¡Sí, así!
Al instante, una rana saltó provocando
ondas en el agua y haciendo que los extraños bichos “patilargos” se
tambaleasen.
―Y nosotros somos como las ondas que ha
provocado esa rana. Hacemos que el silencio acogedor de estos bosques de
eucaliptos y pinos se vuelva alboroto ―comentó el hombre.
―Pero lo hacemos sin querer ―se excusó
el chiquillo.
―Lo hacemos porque caminar por aquí nos
hace felices. Nos encontramos con otros peregrinos igual de cansados, con los
mismos calambres y con un dolor de pies parecido o incluso mayor que el nuestro,
pero que, aun así, nos regalan una sonrisa y unas palabras de ánimo. O una
chocolatina, como la que esa chica te dio este mediodía.
―Sí, se quitó los zapatos para curarse
las ampollas después de darme la chocolatina. Tenía los pies heridos y, sin
embargo, parecía contenta.
—Así es, y no es solo que lo pareciera,
estoy seguro de que lo estaba. Me preguntaste hace un momento cómo nos protegen
los seres que viven en este lugar —continuó el padre—, y ahora entenderás mejor
la respuesta: lo hacen mostrándonos las maravillas del Camino de Santiago.
Haciendo que el agua sea transparente y fresca, para que las personas prosigan
su recorrido entusiasmadas pese al esfuerzo; logrando que el aire esté lleno de
aromas agradables; que las plantas sigan verdes y frondosas; cuidando de los
animales para que podamos disfrutar viéndolos en libertad.
―Es decir, cuidan de la naturaleza, y eso nos beneficia y nos hace sentir alegres―afirmó el niño contento por, al fin, comprender.
Luego callaron y permanecieron un rato descansando
y refrescando sus pies en el agua de la poza. Otros viajeros pasaron por allí,
se saludaron y charlaron con ellos amistosamente.
—Cuando sea mayor quiero hacer el
Camino en bici, como ellos —anunció el pequeño cuando los peregrinos se
alejaron.
Al poco se incorporaron y, cómplices,
continuaron su ruta.
De aquella historia nací, y desde esta poza verde vigilo que el resplandor que la ilumina por las noches no se apague. Intento que las plantas y árboles no enfermen, y que los animales convivan en un entorno limpio y cuidado. De ese modo contribuyo a que el espíritu de respeto y libertad de este maravilloso Camino no se olvide; aunque casi nadie sepa mi secreto, ni el de los otros seres que habitamos y resguardamos los mágicos caminos que llevan a Santiago.
Autora del relato y ganadora del VI Concurso Literario: CARMEN GONZÁLEZ LÓPEZ.


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